Una personalidad expansiva y enérgica
El temperamento alegre, jovial y espontáneo de la Beata Leonella Sgorbati emerge desde sus primeros años de vida, prefigurando el liderazgo natural que manifestará en los años venideros. Extrovertida y comunicativa, a la hermana Leonella le encantaba estar entre la gente y hacerse notar con su presencia viva y cálida; no era una persona inclinada por naturaleza al silencio; conocía bien su propia naturaleza expansiva.
Algunos testimonios recuerdan lo inusual que era verla en silencio. Cuando, durante los momentos de descanso, permanecía particularmente silenciosa, alguien llegaba incluso a preguntarse si se sentía bien, precisamente porque ese comportamiento no correspondía a su modo habitual de ser. «Generalmente hablaba y reía»: pocas palabras que transmiten con inmediatez la imagen de una mujer con una personalidad solar, comunicativa y capaz de ofrecer, en sus relaciones cotidianas, una atmósfera de alegría y familiaridad.
Lejos de renegar de su manera de ser, Leonella se conocía profundamente a sí misma y sabía que, para su espíritu extrovertido, aprender a cultivar el silencio y la quietud era una verdadera conquista de cada día. Este deseo emerge con especial claridad en 1973, durante un curso de Ejercicios Espirituales, cuando Leonella enriquece su propio programa de vida con un propósito tan simple como exigente:
“Hoy, en el curso de Ejercicios Espirituales, veo que debo volverme silenciosa:
- Con las enfermeras que no tienen, o al menos me parece deducir de los hechos, sentido del deber, el sentido de la responsabilidad, no las reprenderé, callaré; siempre.
- Estaré de preferencia recogida y evitaré de forma rigurosa cada palabra sarcástica o cualquier observación de cualquier tipo. Debo, a cualquier precio, rezar para volverme: a) Calmada b) Quieta c) Reservada d) Silenciosa e) Sonriente”
Este propósito revela ya una conciencia significativa: Sr. Leonella comprende que el silencio no consiste solo en hablar menos, sino en el aprendizaje de un silencio respetuoso, capaz de dejar al otro el espacio y la libertad necesarios para crecer y asumir sus propias responsabilidades.
Un corazón que ante Dios no necesitaba callar
En la vida espiritual de la Beata Leonella emerge un aspecto particularmente profundo: si ante los demás aprendió con esfuerzo la disciplina del silencio, ante Dios nunca tuvo miedo de hacer oir voz. En la oración se presentaba sin filtros ni máscaras, libre de desahogarse, llorar y expresar cada cansancio, temor o interrogante.
En su diálogo con el Señor, la hermana Leonella no guardaba silencio; solo después de haber depositado en el corazón de Dios toda la complejidad de sus propios sentimientos, lograba retornar de forma pacificada y silenciosa ante los desafíos del contexto cultural donde se encontraba, a las exigencias de la misión y a su valioso trabajo de formadora en la escuela de enfermería.
La misión en Somalia: el silencio de la semilla
El gran y decisivo silencio que la hermana Leonella tuvo que afrontar fue el impuesto por su misión en Somalia. En un contexto marcado por fortísimas tensiones y peligros, la elección de permanecer en esa tierra no fue fruto de una obstinación ingenua, sino una opción consciente y libremente reasumida cada vez que la situación empeoraba. En Somalia, la misión requería ser vivida en el silencio, en el servicio y en el ocultamiento, movida por una sólida oración y por una profunda relación con el Señor de la vida.
Su presencia en Somalia fue eminentemente carismática, inserta en un ambiente plenamente no cristiano y marcado por fundamentalismos. Su testimonio se realizaba según la dinámica del Evangelio: la de la semilla caída en tierra que muere para generar fruto, una adhesión plena a la Pascua de Jesús que se cumple en la cruz en el don total de sí mismo.
A este respecto, resuenan emblemáticas las palabras del Papa León XIV:
«La esperanza cristiana no nace en el ruido, sino en el silencio de una espera habitada por el amor. No es hija de la euforia, sino del abandono confiado. Nos lo enseña la Virgen María: ella encarna esta espera, esta confianza, esta esperanza. Cuando nos parece que todo está detenido, que la vida es un camino interrumpido, recordemos el Sábado Sant.».
Basta una sola palabra…
La hermana Leonella no fue asesinada porque evangelizaba abiertamente con proclamas o palabras altisonantes, sino porque precisamente en el silencio del servicio cotidiano, en las relaciones interpersonales fecundas y llenas de respeto hacia el pueblo somalí, hacía visible el rostro de Jesucristo, Dios de la vida y Señor de todos los pueblos.
Confianza y abandono entretejieron toda su existencia; en los momentos más duros experimentados en su historia personal, particularmente en la misión, supo hacer silencio cuando era necesario, pero habló con la elocuencia suprema de su vida. En el momento dramático de su asesinato, derramada su sangre sobre la tierra somalí, su corazón expresó una única y fundamental palabra, repetida tres veces:
«Perdón, perdón, perdón».
No hacían falta muchas palabras; estas bastaban para encarnar la enseñanza del beato José Allamano, que Leonella había recordado a sus hermanas en 1995: «El bien debe hacerse bien, con amor, en el silencio, con humildad, solo por Dios».
La beata Leonella nos ofrece así un testimonio potente para nuestro crecimiento humano y espiritual:
- Una mujer expansiva aprende el silencio.
- Una mujer de personalidad fuerte aprende a no invadir.
- Una misionera que, inmersa en un contexto que le impide proclamar abiertamente el Evangelio, evangeliza a través de la oración, el servicio y las relaciones.
- Una mujer que ama profundamente la vida elige con valentía permanecer al lado de un pueblo incluso cuando la situación se vuelve peligrosa.
- Una mujer consagrada que habla con Dios de sus propias dificultades y temores, de sus propios sufrimientos, madura el don completo de sí misma hasta el último instante.
La beata Leonella Sgorbati continúa así hablando no a través del ruido, sino a través de ese silencio fecundo en el que el grano de trigo muere para generar vida. Su vida recuerda a la Iglesia que el Evangelio puede ser anunciado también sin muchas palabras: en la fidelidad cotidiana, en el servicio cualificado, en el respeto al otro, en el amor concreto y, cuando llega la hora de la prueba, a través de la capacidad de entregarlo todo a Dios.
Este don total emerge con conmovedora claridad de las palabras de la hermana Marzia, compañera de misión y testigo de sus últimas horas:
“Silenciosamente, sin un lamento, tan dulcemente se apagó como una velita que ha terminado su cera, ya lo había entregado todo”.
A cargo de la Postulación
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