Comencé mi servicio en la Oficina Pastoral para Migrantes de Turín el 27 de octubre de 2025. Han pasado ya cinco meses. Cada día descubro la acogida es un lugar sagrado, donde las vidas se tocan y se entrelazan.
Mi función principal es en la recepción, donde, junto con mis compañeros, atiendo a personas que llaman a la puerta o por teléfono buscando a alguien que las escuche, les brinde orientación y apoyo. Algunas buscan trabajo, otras necesitan una dirección para residencia, otras solicitan alojamiento, otras necesitan documentos o una escuela de italiano.
La hospitalidad se convierte en un puente: entre quienes llegan con una necesidad urgente y quienes, en las diversas comunidades locales, pueden ofrecer una respuesta concreta.
Mi primer gesto siempre es una mirada: una mirada que dice “Estoy aquí para ti”, una mirada que reconoce la dignidad de la persona que tengo delante. Luego viene la escucha atenta y respetuosa, y finalmente, oriento a las personas hacia el servicio más adecuado para resolver su situación. Muchos explican por qué acudieron a la Oficina de Migrantes, y su respuesta nos ayuda a comprender qué camino proponer.
Las personas que conocemos provienen de diversos países: Perú, Marruecos, Nigeria, Túnez, Senegal, Pakistán y Bangladesh. Cada rostro encierra una historia única, a menudo marcada por grandes dificultades, pero también por una gran valentía.

El saludo que uso al conocer a alguien por primera vez es un simple “Buenos días”, que rápidamente se convierte en un más familiar “Hola”. Siempre les sonrío a los niños. Casi siempre. Después de recibir orientación o ayuda, la gente expresa su gratitud con palabras sencillas pero profundas: “Gracias”, “Me escuchaste”, “No me sentí solo/a”.
Algunos regresan varias veces, no solo para encontrar lo que necesitan, sino también para saludar a quienes los recibieron con tanta amabilidad.
Hay días en que la alegría es inmensa: cuando logramos guiar a alguien a un lugar donde finalmente encuentra lo que buscaba.
Pero también hay momentos difíciles, cuando no podemos satisfacer las necesidades de quienes más lo necesitan, como un techo o un lugar digno donde dormir. En esos momentos, siento mi propia fragilidad, pero también un deseo aún más fuerte de seguir acogiendo y sirviendo.
Las reuniones no se limitan a la recepción. A lo largo del año, nos reunimos en celebraciones organizadas por la Pastoral de Migrantes, como la Fiesta de los pueblos, donde bailamos, comemos y oramos juntos. Son momentos en que la diversidad se enriquece y la comunidad se expande, se vuelve más vibrante y se renueva.

Este apostolado me está enseñando que la hospitalidad no es solo una mirada, un gesto, sino una forma de vida. Es creer que cada persona trae un don. Es construir puentes donde otros ven muros. Es permitir que el encuentro también me transforme.
Hna Stella Mwinuka, mc


