San José Allamano siempre se refirió a la Virgen María en sus conferencias a los Misioneros y Misioneras de la Consolata; un amor a Maria, que fue madurando en el contexto de su historia familiar, particularmente desarrollada y profundizado en el ambiente en el que ha vivido y ejercido su ministerio como rector del santuario de la Consolata.
La profunda e intensa comunión de San José Allamano con la Consolata hizo crecer en él la convicción precisa de que la devoción a María es
“necesaria no solo para ir al Paraíso, sino para hacernos más santos, para ir más alto, para alcanzar la perfección más elevada. Ella nos defiende de las muchas dificultades que se encuentran en el camino de la virtud, nos sostiene en las tentaciones y en todas las miserias de las que está llena nuestra vida; nos protege del demonio; nos da la fuerza para caminar por la vía de la perfección en medio de tantas contrariedades”.
En consecuencia, María se convierte en el modelo de santidad al que sus misioneros y sus misioneras están llamados a conformarse, viviendo la propia vocación a partir de las decisiones y responsabilidades de la vida cotidiana.
En esta perspectiva encontramos a la Beata Irene Stefani, hija espiritual de Allamano y misionera de la primera ora, que acogió el carisma del Fundador, San José Allamano, en su forma más pura y concreta. Así Irene, fiel a su herencia, cultivó una relación profunda y afectuosa con María Consolata, aprendida ya en el ambiente familiar.
Sí, la hermana Irene creció en una familia profundamente cristiana, donde la devoción mariana marcaba el ritmo de la vida cotidiana. El padre, un hombre de intensa oración, solía subir las escaleras de la casa recitando las invocaciones de las letanías; la madre, en la fase final de su vida, al no poder ir a la iglesia, continuaba desde el lecho de muerte honrando a la Virgen con gran fervor y con incesantes jaculatorias.
En este clima familiar, rico en vida interior y marcado por jaculatorias, por la oración del Rosario y por actos de devoción a la Madre de Dios, la hermana Irene aprendió a leer la vida con la mirada de María, en la confianza, el silencio y el abandono en el Señor. Este don, recibido en la familia, no permaneció oculto, sino que pronto se convirtió en testimonio vivo: desde joven reunía a familiares y vecinos para el rezo del Rosario, proponía pequeñas ofrendas en honor a la Virgen y rezaba constantemente por la conversión de los pecadores.
El padre Giovanni Stefani ha testimoniado:
“Cuando, en la época de verano, se encontraba en la casa de campo, por la noche se reunía con las familias vecinas y con ellas rezaba el santo Rosario y hablaba mucho de religión”.
Un vínculo especial con la Virgen Consolata
Al ingresar en el Instituto de las Hermanas Misioneras de la Consolata, la hermana Irene interiorizó aún más su vínculo con la Virgen, venerada bajo el título de Consolata, a quien experimentó como una presencia viva y familiar, como una madre que acompaña y sostiene cada paso de la misión.
Como misionera, de hecho, promovia la devoción a la Virgen Consolata. En relación con esto, José Kaiga, uno de sus estudiantes, recordaba:
“hacia honrar a Maria Consolata e nos enseñaba los cantos de esta manera: ella tenía un libro, cantaba sola la primera estrofa o la primera linea de la estrofa y luego la comunidad cristiana la repetía […]. La Iglesia se llenaba de entusiasmo cuando todos cantaban a la Virgen con voz fuerte, manifestando la alegría de sus corazones”.
En la espiritualidad de la beata Irene Stefani no faltan las exhortaciones marianas, que ella hizo suyas y propuso a quienes la rodeaban como un auténtico proyecto de vida y de misión. Presentamos aquí algunas de estas exhortaciones, todavía hoy muy actuales, que reflejan su profunda vida interior, impregnada de sensibilidad mariana y de ardor misionero:
“Si quieres vivir bien, recurre a María Santísima.
Si quieres tener una buena muerte, recurre a María Santísima.
Si quieres alcanzar el paraíso, recurre a María Santísima.
Si quieres obtener plena obediencia a los superiores y a tus padres, recurre a María Santísima.
Si quieres adquirir buenas costumbres, recurre a María Santísima.
Considera el amor y la humildad que ella posee; moldéate según su ejemplo. Ella te dará la fuerza para obtener todo lo que necesitas para la salvación”.
“Ánimo… ¿acaso no somos hijas de la Santísima Consolata?”
“Nosotras suplicaremos a María, nuestra consoladora, que envíe a tu corazón la abundancia de sus gracias”.
“Dirijámonos con frecuencia a nuestra Madre María, para que nos asista en todas nuestras dificultades”.
“Que la Consolata les sonría siempre”.
No hay duda de que la beata Irene Stefani vivió su camino de santidad de forma heroica, siguiendo el ejemplo de la Virgen María. Así como caminó con María a lo largo de toda su vida, del mismo modo concluyó sus días en la serena certeza de pertenecer totalmente a Jesús y a María Consolata. Sus últimas palabras, en el lecho de muerte, son un testimonio elocuente de ello:
“Soy toda de Jesús, de María y de José, ahora y siempre por toda la eternidad, ab aeterno”.
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