La historia de Beatrice y Frank, una familia que ha hecho del encuentro entre culturas su vocación.
Hay un momento en la vida en que todo cambia. No siempre llega de repente; a veces se instala sigilosamente, en una tarde africana llena de polvo rojo y cielo abierto, con una mirada inesperada que jamás olvidarás.
Para Beatrice, originaria de Bovalino, un pequeño pueblo costero de Calabria (Italia), ese momento llegó en el verano de 2007, durante una visita a las misiones católicas de Kenia. Había partido con un grupo de feligreses, deseosa de participar y con una profunda vocación misionera que ansiaba manifestarse. No se trataba de un viaje turístico. Era algo más valiente: salir de sí misma para conectar con los demás. Y fue allí, en África, donde conoció a Frank Wainaina.
Frank nació y creció en Nairobi. Trabajó durante años para los Misioneros de la Consolata como diseñador gráfico y fotógrafo, pero nunca se sintió un simple empleado. Desde el primer día, fue un misionero laico. Encontró su vocación al conocer al padre Gigi Anataloni, quien le mostró cómo la pasión por las imágenes y la comunicación podía convertirse en una herramienta para el Evangelio.
Cuando Beatrice y Frank se conocieron, ambos ya estaban inmersos en la misma corriente. Fue suficiente para reconocerse mutuamente.

«Para quienes tienen fe», dice Beatriz, «las coincidencias nunca son casuales». Y aquel encuentro, que tuvo lugar en el contexto de una misión, tenía todas las señales de haber sido esperado por Alguien muy superior. Fue como encontrar finalmente el «tesoro» mencionado en el Evangelio de Mateo: no una idea abstracta, sino una persona real, con una historia diferente, un continente diferente, un idioma diferente y la misma vocación en el corazón.
El 10 de septiembre de 2010, Beatriz y Frank se casaron. Luego llegaron sus hijas: Bakhita, un nombre que conlleva toda la historia de una santa africana, y Gemma, nacida en 2016, cuyo nombre por sí solo irradia luz.
El padre Franco Cellana, uno de los misioneros más cercanos a la familia, las llamaba cariñosamente “chocolates ecuménicos”. Y esa definición, con ternura e ironía, expresa todo lo que se podría explicar con mil palabras: dos niñas que son la síntesis viva de dos mundos, dos culturas, dos historias que se han entrelazado sin borrarse mutuamente.
Pero, ¿qué significa realmente crecer en una familia intercultural? ¿Qué significa para Bakhita y Gemma ser hijas de una mujer calabresa y un hombre keniano?
Significa, sobre todo, vivir en un hogar donde no existe un único lenguaje del amor. Donde la cocina mezcla la salsa Bovalino de la abuela con los sabores picantes del este de África. Donde los cuentos para dormir pueden venir de las costas del mar Jónico o de las sabanas de Kenia. Donde las celebraciones tienen raíces diferentes y, por lo tanto, son más ricas, más amplias, más capaces de abarcar mundos.


También implica lidiar a diario con preguntas que los niños de familias monoculturales no se plantean: “¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde pertenezco?”. Preguntas que pueden parecer una carga, pero que, si se responden con amor, se convierten en un regalo extraordinario. Bakhita y Gemma no tienen que elegir entre una identidad y otra: llevan ambas, naturalmente, como dos ojos de diferente color, pero ambos capaces de ver el mundo.
Frank, por su parte, decidió seguir a Beatrice a Bovalino, echar raíces en un pueblo del sur de Italia, lejos de Nairobi, lejos de su familia de origen. Una decisión que exige valentía diaria: aprender un idioma, descifrar los códigos de una nueva cultura, encontrar su lugar en una comunidad distinta a aquella en la que creció. Pero Frank lo sabe bien: esa es precisamente la misión. Es “estar presente entre la gente”, acompañar, tender puentes incluso cuando requiere esfuerzo.
L’incontro tra culture, vissuto ogni giorno tra le mura domestiche, non è sempre facile. Ci sono momenti di incomprensione, abitudini da negoziare, aspettative diverse su come si educa un figlio, su come si gestisce il conflitto, su cosa significa “famiglia”. Beatrice e Frank non nascondono le difficoltà: le attraversano. E in questo, la loro fede non è una risposta preconfezionata, ma una bussola che li aiuta a non perdere la direzione quando il cammino si fa stretto.

El secreto —si es que puede llamarse secreto— parece ser precisamente ese: no intentar borrar las diferencias, sino aceptarlas. Permitir que se comuniquen. Descubrir que donde dos tradiciones se encuentran, nace algo nuevo, algo que no pertenece ni a una ni a la otra, sino a ambas, y a las hijas que engendran.
Bakhita y Gemma crecen en Bovalino, rodeadas del aroma de la bergamota y de los cuentos de Kenia. Se sienten italianas y africanas. Se sienten calabresas y kenianas. Se sienten, sobre todo, hijas de dos personas que han elegido amar más allá de las fronteras: geográficas, culturales y lingüísticas.

Y quizás este sea el mensaje más hermoso que una familia como la de Beatrice y Frank puede transmitir al mundo: que el encuentro entre culturas no empobrece a nadie. Al contrario, amplía horizontes. Enseña que se puede pertenecer a más de un lugar a la vez. Que las raíces no son cadenas, sino ramas, y que las ramas, por naturaleza, buscan la luz dondequiera que la encuentren.
En un pequeño pueblo con vistas al mar Jónico, una familia continúa su misión más sencilla y a la vez más importante: vivir juntos, día a día, como un testimonio silencioso y alegre de que las fronteras, cuando se cruzan con amor, dejan de ser muros y se convierten en puertas.
Romina Cardia


