San José Allamano solía decir que en el seminario había un joven tan atento que sabía aprovechar hasta sus cinco minutos libres. Por eso lo llamaban “el señor de los cinco minutos”. Más de uno creía que él mismo era “el señor de los cinco minutos”.
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El tiempo es uno de los dones más preciados que recibimos. No podemos retenerlo, no podemos ralentizarlo, no podemos guardarlo para usarlo después. Solo podemos elegir cómo vivirlo. Entre las figuras espirituales que comprendieron esta verdad de forma profunda y concreta, San José Allamano destaca como un maestro silencioso: un hombre que transformó cada hora de su vida en oración, servicio y misión. Su relación con el tiempo no es un concepto abstracto, sino una experiencia vivida y encarnada, reconocible en el ritmo de sus días.
Nacido en 1851 en Castelnuovo d’Asti, criado en la escuela de santos como José Cafasso y Juan Bosco, Allamano respiró desde joven una atmósfera de disciplina, esencialidad y dedicación. Pero lo que lo distinguió no fue solo lo que hizo, sino cómo vivió el tiempo que se le concedió. Su vida no fue espectacular: fue plena. Llena de significado, orden, atención y amor.
Un tiempo que no conoció la ociosidad
Quienes lo conocieron dicen que nunca estaba ocioso. No porque estuviera agitado o ansioso, sino porque comprendía que el tiempo es un don sagrado que no debe desperdiciarse.
Para él, cada momento libre era una oportunidad: para orar, para escuchar, para planificar, para servir. No se apresuraba, pero tampoco se detenía. No malgastaba el tiempo, pero tampoco se aislaba. Su secreto era un equilibrio singular: una calma diligente.
El tiempo como oración
Para Allamano, el tiempo no se dividía entre «cosas de Dios» y «cosas del mundo». Todo estaba impregnado de Dios. Por eso, la oración no era una obligación, sino un soplo de aire fresco. Oraba por la mañana, oraba por la tarde, oraba en sus momentos libres, oraba mientras caminaba por los pasillos de la Consolata.
Sus visitas al Santísimo Sacramento eran frecuentes, largas y silenciosas. No buscaba emociones; buscaba la presencia. «Contemplación en acción», decía san José Allamano, y así todo era obra de Dios, incluso en los gestos más pequeños. Esta frase resume su visión del tiempo: no importa la cantidad de actividad, sino la calidad de la presencia.
El tiempo como misión
Su lema más famoso, «Primero los santos, después los misioneros», es una verdadera filosofía del tiempo. Significa: primero construyámonos a nosotros mismos, luego construyamos el mundo. Primero cuidemos nuestro corazón, luego nuestras obras.
Primero echemos raíces, luego partamos. No es una invitación a la lentitud, sino a la profundidad. Allamano sabía que el tiempo dedicado al crecimiento personal no es tiempo que se le quita a la misión: es el tiempo que la hace posible.
Cuando fundó las Misioneras de la Consolata, no solo transmitió reglas y estructuras. Transmitió un ritmo: una forma de experimentar el tiempo que unía contemplación y acción, silencio y trabajo, interioridad y servicio.
El tiempo como un regalo para los demás
Una de las características más notables de Allamano era su disponibilidad. A pesar de sus enormes compromisos —dirigir el Santuario, formar sacerdotes, liderar institutos misioneros— siempre encontraba tiempo para escuchar. Cualquiera que llamara a su puerta era bienvenido.
No tenía prisa, no mostraba impaciencia, no agobiaba a los demás. Su tiempo era compartido, no retenido. Muchos dicen que bastaban unos minutos con él para sentirse comprendidos, animados y consolados. Era un hombre que sabía cómo transformar el tiempo en conexión.
El tiempo como responsabilidad
Allamano odiaba perder el tiempo. No soportaba la superficialidad, las distracciones ni la improvisación. Solía decir: «Haz el bien, hazlo bien y en silencio», porque esto requiere concentración, atención y responsabilidad. Para él, el tiempo era una responsabilidad: hacia Dios, hacia los demás, hacia la misión, hacia uno mismo. El tiempo no era un tirano, sino un maestro; no era una carga, sino una oportunidad.
En una época como la nuestra, donde el tiempo siempre parece escasear, donde la prisa y la distracción se han convertido en hábito, Allamano nos ofrece una lección sencilla y revolucionaria:
-No tiene sentido apresurarse más.
-Necesitamos vivir mejor.
-Necesitamos elegir lo que importa.
-Necesitamos darle alma al tiempo.
Su vida nos recuerda que el tiempo no es lo que nos falta, sino lo que podemos transformar. Cada día, cada hora, cada gesto puede convertirse en una misión, una oración, un regalo. Como él, podemos aprender a vivir el tiempo como una oportunidad para aprender, compartir, recibir y honrar. Porque el tiempo, cuando se vive bien, se convierte en eternidad.
Hna Julia Muya, mc
Referencias bibliográficas
Instituto Misiones Consolata, Bienio sobre la Persona, hoja 14, febrero de 2021.
Todo por el Evangelio, P. F. Pavese y Hna. A. Mantineo, págs. 39, 43 y 48.
Cien años de misión, DG 2013.
Retrato de un santo, P. G. Pasqualetti.
Carta del Padre Fundador, 1 de noviembre de 1913, a las Hermanas que partieron.

