Amar la vida significa ponerse a su servicio. La beata Leonella Sgorbati, misionera de la Consolata, que dedicó su vida a servir a los más pobres, sin duda dio ejemplo de la mayor entrega, hasta la última gota de su sangre.
Como verdadera hija de San José Allamano, quien deseaba que sus misioneras fueran auténticas , pero sobre todo, mujeres profundamente enamoradas de Dios, ardientes de celo misionero y deseosas de darlo a conocer hasta los confines de la tierra. Mujeres sencillas, profundas, humildes, mujeres de fe viva, dispuestas a dar su vida a cualquier precio, mujeres de gran caridad, capaces de entregarse por el bien de los demás.
La beata Leonella vivió intensamente todas estos valores. Desempeñó su misión especialmente en las misiones de Kenia y Somalia. Su formación como enfermera, partera y auxiliar de salud la acercó particularmente a las mujeres. En todos los lugares donde trabajó, la hermana Leonella demostró gran interés en brindar una formación integral, humana, intelectual, religiosa y técnico-profesional a las jóvenes que aspiraban a la profesión de enfermería.
Para ella, el valor del individuo y el servicio a la vida eran aspectos fundamentales que debían impregnar cada fibra de sus estudiantes. No había lugar a dudas al respecto, porque ser enfermera no era solo un trabajo, era una vocación, un llamado a dar testimonio del amor de Dios por quienes sufren. Y ella fue la primera en vivirlo, no solo con sus pacientes, sino también con sus estudiantes.
Las cuidaba, las conocía a todas por su nombre, se aseguraba de que estuvieran bien alimentadas y de que sus habitaciones fueran dignas. Estaba atenta a todas sus necesidades y buscaba conciliar el amor con la severidad adecuada. Las protegía y las amaba como una verdadera madre, hasta el punto de que si una de ellas quedaba embarazada —contrario a las normas— podía continuar sus estudios, actuando como intermediaria con la familia y también apoyándola económicamente.

Con las mujeres embarazadas y las que acababan de ser madres, demostraba una bondad y una compasión inefables. Tenía cincuenta camas disponibles en la sala, pero siempre encontraba la manera de añadir más. No podía obligar a una mujer embarazada a irse a casa, incluso si eso significaba que tuviera que caminar kilómetros, solo porque aún faltaba una semana para dar a luz.
Aquí, en estas breves pinceladas, se refleja la visión de la hermana Leonella sobre las mujeres. La hermana Leonella fue una verdadera madre, amiga y consejera, que dedicó toda su energía a velar por su bienestar, a asegurar que alcanzaran las más altas metas y a que también ellas fueran testigos del amor de Dios por los pobres y los marginados de la sociedad.
Hna Gloria Elena López, mc



