Durante los últimos cuatro meses, desde mi llegada a Colombia, mi tierra de misión, he vivido muchas experiencias que han fomentado mi crecimiento integral y han mantenido viva mi pasión por la misión.
Desde el primer momento, la cálida bienvenida que recibí en la comunidad de las Hermanas Mayores de Madre Margarita abrió las puertas de las bendiciones de Dios sobre mi vida misionera en esta tierra bendita. Mis hermanas mayores han sido un gran apoyo para mí, ayudándome a inculturarme en esta nueva realidad y sobre todo, a aprender el idioma español.
Compartir la vida con ellas me ha enseñado una gran lección de paciencia que la vida requiere para vivir cada momento, haciendo la voluntad de Dios día a día, que me ha permitido aprender y compartir mis dones, poniéndolos al servicio del bien común en la comunidad y rindiéndome disponible y dispuesta a aprender de ellas.

He tenido la oportunidad de compartir las ricas experiencias misioneras que han vivido las hermanas. Sus experiencias me dan coraje, fortaleciendo mi compromiso misionero. El tiempo de estudio del nuevo idioma en la escuela Nuevalingua me enriqueció y me enseñó que donde quiera que estoy doy testimonio.
Un día, mientras estudiaba el idioma, tuve un encuentro con mis compañeros de clase que me enriqueció profundamente. Siempre han tenido curiosidad y deseo de saber por qué me “cubría la cabeza” y ¿qué significaba?

Junto con otros compañeros también curiosos, intenté explicarles el significado de llevar el velo. Fue a través de la explicación que me di cuenta de que él y sus compañeros no sabían nada de religión, ni siquiera de la existencia de Dios.
Esto los impulsó aún más a profundizar en la religión y en el Dios en que yo creo. Fue un momento maravilloso que me conmovió y me enseñó mucho. Siempre recordaré que, donde quiera que esté, doy testimonio. Dios siempre hace posible lo imposible.
Hna. Rebecca, mc



