En una época en la que se difunde una visión que tiende a desechar lo que parece frágil o inútil, la presencia de la hermana Leonella Sgorbati, beatificada en 2018, se impone como una luz de esperanza y un fuerte llamado al valor sagrado de la vida humana.
San Juan Pablo II afirmaba, en la encíclica Evangelium Vitae (1995):
“Hemos de hacernos cargo del otro como persona confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos de Jesús, estamos llamados a hacernos prójimos de cada hombre (cf. Lc 10, 29-37), teniendo una preferencia especial por quien es más pobre, está sólo y necesitado…en ellos tenemos la posibilidad de servir a Jesús, como El mismo dijo: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).”
Para ella, la vida no era solo un bien precioso que debía custodiarse y promoverse, sino sobre todo un don que se ofrecía a través del servicio humilde y la defensa concreta de toda existencia. Esta convicción guiaba su labor como enfermera y como formadora durante los años vividos en África, donde se dedicó con amor al cuidado de los enfermos, a la protección de los más frágiles y a la formación de nuevas generaciones de enfermeros.
El valor de la persona y el servicio a la vida, constituían para ella pilares irrenunciables, que debía arraigar profundamente en sus estudiantes. Sobre estos principios no admitía vacilaciones; ser enfermero no era solo una profesión, sino una vocación auténtica, un llamado a convertirse en signo concreto de amor y cuidado hacia quienes sufren.

Son numerosos los testimonios sobre la hermana Leonella que ponen de relieve su profunda atención a la persona, entendida como vida que debe ser respetada y defendida. Se entregaba por completo, con una caridad extraordinaria, capaz de ofrecerse a sí misma por el bien de los demás. A este respecto, una hermana relataba:
“Para ella el cansancio no contaba, el cansancio era alegría, el cansancio no pesaba cuando percibía una necesidad o una emergencia. Siempre solícita, siempre inclinada sobre cada persona para amarla hasta el final.”
La Beata Leonella trabajó en contextos marcados por una extrema violencia e inestabilidad, donde la vida estaba constantemente expuesta a la amenaza de la guerra y de la pobreza. Sin embargo, ante la muerte, su respuesta nunca fue la huida ni el odio, sino una presencia fiel y valiente.
Para ella, defender la vida significaba permanecer precisamente allí donde era más frágil, hacerse cercana a toda persona que estuviera en necesidad, sin distinción de fe o de etnia, y promover una cultura del cuidado, transmitiendo con su ejemplo un profundo respeto por cada persona.
Su misión no se limitaba a la mera promoción humana, sino que estaba orientada hacia un horizonte más profundo: acompañar a cada persona hacia Dios, darle a conocer al Dador de la vida, para que todos pudieran experimentar la alegría de un verdadero encuentro con el Señor que da la vida, en abundancia. En esta perspectiva, escribía en su diario:
“Señor mío, mi amor, alegría y esperanza, quiero llevar tu amor a la gente. Ayúdame, Señor, a ocuparme solamente de esto: que ellos puedan conocerte, el único verdadero sentido de la vida, la alegría de la vida, Señor.”
Hay también un aspecto aún más radical: la opción definitiva por una entrega total de sí misma, encarnada en el amor incondicional, el servicio misionero y el perdón, hasta llegar al extremo del sacrificio del martirio. Su vida fue testimonio de que la verdadera existencia se encuentra en el “dar todo”. Su sacrificio no fue buscado, sino acogido como consecuencia de una fidelidad plena a la misión.
Resultan especialmente elocuentes y profundas las palabras pronunciadas por el cardenal Angelo Amato el 26 de mayo de 2018, con ocasión de la beatificación de la hermana Leonella:
“Los verdaderos creyentes son heraldos de vida, no de muerte. El mártir cristiano no es un fanático destructor, sino un defensor de la vida y un mensajero de fraternidad humana, de caridad y de perdón. A todos nosotros la beata Leonella Sgorbati nos deja un mensaje claro de auténtica vida cristiana, que en la familia y en la sociedad abre caminos de comprensión, de diálogo, de acogida, de amor y de perdón.”
La figura de la beata Leonella Sgorbati se presenta como una pregunta abierta sobre el valor que atribuimos a la vida en el tiempo presente. En una época a menudo dominada por la indiferencia y la lógica de la utilidad, su testimonio nos invita a una elección radical: custodiar, proteger y donar la vida.
No se trata de gestos excepcionales, sino de la fidelidad cotidiana a acciones de cuidado, atención y responsabilidad, capaces de poner en el centro la dignidad de cada persona; en esta perspectiva, su legado permanece actual y profundamente interpelante.
Hna Luz Mery Restrepo González, mc
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