El nombre Irene evoca unidad, armonía, paz, amor y reconciliación. En él se expresa un compromiso que se convierte en una misión vivida y encarnada, especialmente necesaria en los contextos actuales, pues nos recuerda que cada persona está llamada a ponerse al servicio de los otros, en particular de quienes son más frágiles y vulnerables, actuando siempre con profundo respeto, ternura y compasión.
Desde muy joven, Irene encarnó la ternura de Dios y la defensa de la vida asumiendo con gran responsabilidad las tareas del hogar tras la muerte de su madre. Con dedicación, contribuyó al crecimiento humano y espiritual de sus hermanos, y con su padre cultivó una relación basada en el diálogo, el respeto, el amor y la confianza. Se distinguía por su actitud servicial, alegre, sacrificada, jovial, trabajadora, comprometida y profundamente orante. Estas virtudes la prepararon para una entrega mayor como consagrada misionera.
Así lo demostró en 1914, en plena Primera Guerra Mundial, cuando trabajó en hospitales militares en Kenia y Tanzania, hasta ser conocida como “ángel de la caridad”. Acompañaba a los heridos y agonizantes, susurrándoles palabras de amor, ánimo y bondad; los consolaba, aliviaba sus dolores y los ayudaba a prepararse para un buen morir. No dejaba pasar ninguna ocasión para hablarles del amor de Dios por cada uno. No solo cuidaba las heridas del cuerpo, sino también las del alma, llegando incluso a administrar muchos bautismos, confiada en la infinita misericordia del Señor.
Su presencia, siempre serena y cercana, se convertía en aliento para su comunidad; con palabras oportunas y un espíritu comunicativo, animaba a sus hermanos y hermanas a no perder la esperanza ni desfallecer.
En medio de la escasez y de condiciones profundamente precarias, Irene no dejaba de entregarse con generosidad. Aún cuando faltaba lo más básico, encontraba la manera de compartir lo poco que tenía, llegando incluso a ofrecer su propia comida para calmar el hambre de quienes más lo necesitaban.

Su entrega no conocía descanso, se daba por completo a todos, y ese mismo amor se hacía visible tanto en su dedicación a los niños en la escuela como en la cercanía y cuidado que brindaba a las familias que visitaba.
Mujer consagrada y misionera, comprometida con la defensa de la vida, llevó siempre la misión en el corazón. Unida y atraída por el amor de Dios, sintió el impulso constante de hacerlo conocer a sus hermanos. Este amor fue el motor que la llevó a entregarse sin reservas, sin medir tiempos ni esfuerzos, al servicio de las personas.
Sin medir distancias, tiempo, dificultades ni salud, vivía movida por su anhelo de santidad cotidiana y su intima unión con Dios, de quien recibía constantemente la fuerza que necesitaba. Se decía de ella que le bastaba el amor de Dios, y era conocida como “el ángel de los pobres”, “madre de misericordia” y “hermana que quiere bien a todos”, entre otros títulos que la gente le atribuía.
Su confianza y abandono total en el Señor la llevaron a realizar actos heroicos.
Una comunidad al servicio de la Vida:
La vida de la hermana Irene refleja a toda una generación de Misioneras de la Consolata, que viven una sororidad activa y circular, transformando la cercanía con la gente en auténticos lazos de familiaridad. Mujeres comunicadoras de vida, enraizadas en la Palabra, cuidan y defienden la vida en cada gesto, como las mujeres del alba que anunciaron al Resucitado.
Hermanas que anuncian la vida en cada paso y en cada sueño, y que hacen presente la vida consoladora en cada gesto. Nutridas por la Eucaristía, crecen en generosidad, oración y diálogo, fortalecidas en el amor a la Virgen María y en los consejos de san José Allamano, que las impulsan a una entrega misionera ardiente y constante al servicio de la vida.
La vida en abundancia…
Irene tenía muy presentes las palabras de Jesús: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Su vida se centró en asumir el estilo de Jesús, Camino, Verdad y Vida. Desde su profunda espiritualidad, cuidó, protegió y fortaleció la vida en todas sus dimensiones, ayudando a descubrir el amor de Dios por cada persona. Con su ternura y alegría, transformó a quienes la rodeaban, mostrando que el amor siempre da fruto y se multiplica.
La hermana Irene encarna la valentía femenina, la fidelidad que permanece firme ante el dolor y la dificultad, y una fe que permanece incluso en la oscuridad. Su esperanza se sostiene incluso en medio de la pobreza, la guerra y la violencia, y su caridad se expresa en gestos concretos y constantes. Quienes la conocieron destacaron su firmeza en el bien, su capacidad de consolar y su alegría desbordante. Su vida testimonia la acción del Resucitado, el amor de Dios que crea, perdona y redime.
“La verdadera misionera, sabe que Jesús camina con ella, habla con ella, respira con ella, trabaja con ella. Siente a Jesús vivo junto a ella en medio del compromiso Misionero.” (Papa Francisco, 23 mayo 2015, Beatificación Sor Irene Stefani)
Hna Inés Arciniegas Tasco M.C.
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