Seguimos celebrando el centenario del nacimiento en el Cielo de nuestro amado Fundador, San José Allamano, quien, guiado por el Espíritu Santo, fundó nuestros Institutos Misioneros de la Consolata. Nos dejó un ejemplo, un modelo concreto de santidad vivida en el silencio de la vida cotidiana, que sus hijas supieron comprender y vivir profundamente.
San José Allamano tenía una idea muy clara de la mujer misionera: no buscaba meras ejecutoras, sino figuras femeninas completas, capaces de combinar una profunda vida espiritual con una practicidad casi maternal. Para él, la misión no era un simple trabajo, sino una forma de ser mujer de misericordia, de paz, de caridad infinita en el mundo. Como lo demostró la beata Irene en su vida.
La dulzura de Nyaatha
Durante su incansable labor misionera en los campos de la educación y la acogida a todos, la hermana Irene se destacó sobre todo por su dulzura, hospitalidad y caridad. Así la recuerda un misionero (el padre Domenico Giglio) que la conoció y dejó un hermoso testimonio sobre ella:
Trataba a jóvenes y ancianos con la mayor dulzura, siempre dispuesta a ayudarlos a superar sus pequeñas dificultades y a ofrecerles una palabra de aliento.
Más allá de enriquecer la mente de los jóvenes con conocimientos nuevos y útiles, la caridad de la hermana Irene se centraba, sobre todo, en inculcarles principios cristianos en sus mentes y corazones. Con sus cálidas exhortaciones, su dulzura y, sobre todo, su brillante ejemplo, los guiaba, casi sin que se dieran cuenta, hacia la práctica de la vida cristiana.
Su caridad no se limitaba a los neocristianos ni a los paganos, sino que, desde los primeros años que llegó a Gikondi, supo encontrar el tiempo y los modales, inspirados por la dulzura, la caridad y la bondad, para no solo acercarse a un buen número de estudiantes protestantes (varios de los cuales ya habían sido bautizados por protestantes y se encontraban entre los mayores), sino también para ganarse su completa confianza.
Podemos afirmar, por lo tanto, que la cualidad más impactante de Irene fue su capacidad de ser una “madre” para miles de personas sin haber dado a luz hijos biológicos. El nombre Nyaatha (Madre de la Misericordia) no era un título honorífico, sino la descripción de un hecho: entregó su vida cada día.
El apodo que recibió del pueblo kikuyu, al que sirvió hasta el final, encarna la bienaventuranza de la mansedumbre, esencial para ablandar los corazones llenos de odio. Su vida se resume en una frase del Evangelio de Mateo: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mateo 5:5).
San José Allamano afirmaba:
«Deben ser como canales que reciben agua y luego la distribuyen. Si el canal está seco, no da agua. De la misma manera, si no están llenos de Dios, ¿qué darán a las almas? Para ser verdaderos misioneros, deben ser santos, verdaderamente santos.»
Ella sabía cómo ofrecer una acogida profunda, es decir, cómo dar cabida al dolor ajeno.
En su discurso a los participantes de la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, el Papa Francisco parecía hablar de la Beata Irene cuando se refería a las mujeres:
«Las mujeres saben encarnar el rostro tierno de Dios, su misericordia, que se traduce en la disposición a dar tiempo en lugar de ocupar espacio, a acoger en lugar de excluir. En este sentido, me gusta describir la dimensión femenina de la Iglesia como un seno acogedor que regenera la vida».
Hna Hellen Waithera, mc



