En julio, en preparación para la fiesta de la Beata Leonella Sgorbati, hicimos una pausa para reflexionar sobre el significado humano y cristiano del perdón, a la luz de la experiencia de Jesucristo y de la Hermana Leonella, su fiel discípula.
El perdón es un don; consiste no solo en no devolver mal por mal, cediendo al instinto de venganza, sino en ofrecer nuevas oportunidades a quienes cometen el mal. Es un don para quienes perdonan porque el perdón tiene consecuencias positivas: libera del resentimiento, de la obsesión con las ofensas sufridas, y dirige las energías a vivir el presente plenamente.
El perdón de la Beata Leonella Sgorbati no fue un acto improvisado en el último momento de su muerte, sino la culminación de una vida cultivada día tras día, mediante decisiones concretas, no siempre fáciles, pero tomadas con la convicción de que es el camino dictado por el verdadero amor.
Las últimas palabras: «Perdono, perdono, perdono», susurradas por la Beata Leonella el 17 de septiembre de 2006 en Mogadiscio, tras ser herida de siete disparos, son fruto de su profundo amor por Jesús y de su deseo de unirse a Él, siguiendo el camino de su «esposo».
La capacidad de perdonar de la Hermana Leonella se estructura en tres dimensiones:
ELECCIÓN CONSCIENTE
La Hermana Leonella era plenamente consciente de los riesgos que corría al trabajar en Somalia durante una época de intensa tensión y extremismo. Sus diarios revelan una gran claridad sobre lo que estaba viviendo, acompañada de un sereno sentido del humor: «Hay una bala con mi nombre escrito, y solo Dios sabe cuándo llegará».
COMPROMISO DIARIO
Los testigos recuerdan a la Hermana Leonella repitiendo: uno aprende a perdonar y a vencer el miedo poco a poco, día tras día, superando con prontitud los conflictos dentro de la comunidad o en el trabajo. El triple perdón final fue la culminación de un anhelo de toda la vida.
PREPARACIÓN ESPIRITUAL
Durante el Mes Alamaniano que pasó en Castelnuovo Don Bosco en febrero de 2006, la Hermana Leonella percibió claramente el llamado a vivir el misterio eucarístico hasta el punto de dar su vida. Regresó a Somalia, sabiendo que el momento se acercaba, y aceptó serenamente su destino.
Durante los años en que la Hermana Leonella se desempeñó como Superiora Regional de la Región de Kenia, de 1993 a 1999, a través de sus Cartas Circulares invitó frecuentemente a las Hermanas a permitir que Dios actuara en y a través de ellas, a ser transformadas, capacitadas para perdonar y a vivir la vida comunitaria y la misión con excelencia.
MARTIRIO Y APERTURA A LOS DEMÁS
La misión de la hermana Leonella se desarrolló en un país con un 99,9% de población musulmana, marcado por años de guerra civil y fundamentalismo, lo que exigió un «martirio silencioso».
Un acto de amor extremo. La hermana Leonella no vivió ajena a este contexto social; al contrario, amaba profundamente a las personas a las que servía formando a jóvenes enfermeras en la escuela del Hospital SOS de Mogadiscio.
Un sacrificio compartido. En el mismo ataque que sufrió la hermana Leonella, Mohamed Mahmud, su guardaespaldas musulmán y padre de familia, perdió la vida. Con valentía, intentó protegerla con su cuerpo. Sus muertes simultáneas —una mujer cristiana occidental y un hombre musulmán somalí— encarnan la profunda convicción que la hermana Leonella repetía a menudo: existe una posibilidad real de caminar, vivir y dar vida juntos, más allá de cualquier barrera cultural o religiosa.
Unidos al misterio del amor de Cristo. Para la hermana Leonella, el perdón era la máxima expresión de su total entrega a Dios. En sus escritos, oraba para que el Señor pudiera “amar en ella”.
Las tres palabras que dirigió a sus asesinos en el umbral de la muerte reflejaron fielmente las palabras de Jesús en la cruz, transformando un trágico acto de violencia en una ofrenda de amor y un signo de esperanza, definido por el Papa Benedicto XVI como «el testimonio cristiano más auténtico».
El ejemplo de la hermana Leonella sigue dando frutos inesperados de paz: un ejemplo es el testimonio de un fiel anglicano que, gracias a sus palabras de perdón, pudo perdonar a su vez una grave ofensa sufrida treinta años antes.
El perdón tiene el poder de detener la espiral de odio y venganza que tiende a expandirse y a deteriorar las relaciones interpersonales, para construir el reino de paz que Jesús vino a traer: el beneficio que el perdón trae a quien lo ofrece es, sobre todo, paz interior.
Solo Dios sabe cuán fructífero fue el acto de Leonella, cómo la sangre y el agua que brotaron de sus siete llagas se convirtieron en vida, sanación, remedio, bálsamo para el mundo, alcanzando lugares a los que ni nuestras piernas, ni nuestra inteligencia, ni nuestra buena voluntad, ni nuestra presencia, por muy bellas y loables que sean, podrán llegar jamás. Hermanas, la misión se cumple de esta manera, porque Cristo la cumplió de esta manera. (Dirección General de MC, Circular n.º 3, Nepi, 25 de diciembre de 2019).
El ejemplo de la Beata Leonella nos recuerda que los seres humanos no pueden perdonar solos, usando únicamente sus propias fuerzas. Cuando el mal sufrido es extremo, la fuerza para perdonar va más allá de la mera voluntad humana. Estamos llamados, ante todo, a permitirnos ser perdonados por Jesús y a recurrir a la fuerza del Espíritu Santo, que hace posible lo imposible; solo entonces, una vez que la ira y el resentimiento han pasado, la persona puede reabrirse a la vida, a la empatía y permitir que este amor recibido alcance también a los demás.
