La Eucaristía y “su Virgen”, la Consolata, fueron los dos amores con los que san José Allamano pasó muchas horas en oración, dejándose iluminar e inspirar para luego poder mirar a las personas que encontraba, a los misioneros que formaba y a las precarias situaciones sociales para transformar, con la mirada misericordiosa de Jesús y la solicitud de María.
Los Misioneros y Misioneras de la Consolata que lo conocieron dicen que si bien los rasgos del rostro de Allamano podrían a primera vista parecer casi severos, la dulzura de su mirada, que expresaba una profunda serenidad, inspiraba confianza, seguridad y hacía que todos los que lo conocían se sintieran cómodos.
El hermano Alfonso Caffo, acogido por el Fundador en 1921, misionero en Etiopía, en 1936 conmemorando a Allamano, diez años después de su muerte, subraya con nostalgia:
“Su figura está aquí ante nosotros con sus rasgos, pero ya no está, con su sonrisa dulce y gentil que inspiraba confianza, con su mirada profunda y escrutadora, que sabía sondear las profundidades del alma.”
Madre Nazarena Fissore, el 29 de enero de 1985, con ocasión del 75 aniversario de la fundación del Instituto, escribió:
La contemplación al pie del sagrario y a los pies de María moldeó su alma para la misión que debía cumplir. ¡Quién sabe qué pasó en el corazón del Fundador cuando sintió la mirada de Cristo Viviente penetrar en lo más profundo de su ser!… ¡Cuánta pasión por Dios y por la humanidad salvada! Sus ojos, acostumbrados a la mirada de Cristo Eucarístico, contemplaban a cada persona con bondad y respeto, generando paz y tranquilidad. Las primeras Hermanas recuerdan: «Siempre nos recibía con su dulce sonrisa, envolviéndonos en el suave resplandor de su bondad paternal». Su mirada bondadosa, penetrante por la luz del Espíritu, descendía con una comprensión excepcionalmente profunda al corazón de la persona que tenía delante. Entonces el sufrimiento se suavizaba y la oscuridad se disipaba: la duda se disolvía y la incertidumbre daba paso a la serenidad de espíritu.
San José Allamano amó y sirvió a la diócesis de Turín durante toda su vida, ocupando cargos de gran responsabilidad y dando su decidido apoyo a iniciativas apostólicas audaces en un ambiente social muy difícil.
Al mismo tiempo, su mirada se extendió a lo largo y ancho, abriendo los horizontes de la vida cristiana a la dimensión universal y misionera de la Iglesia. El coraje y la fuerza para mirar más allá de sus límites y necesidades, para dar una dimensión misionera a la Iglesia local y señalar horizontes cada vez más amplios para anunciar el Reino, brotaron de su diálogo diario con Jesús Eucaristía y con Nuestra Señora.
Por eso Allamano animó a sus hijos e hijas a detenerse en oración ante sus “dos amores”:
Contemplar la Eucaristía les formará en todas las virtudes y encenderá en vosotros ese fuego que Jesús vino a traer a la tierra, y que a través de vosotros quiere encender en quienes no le conocen.
Confía en Nuestra Señora. Ella es tu Madre, ámala. Sin ella, no puedes elevarte ni caminar en santidad.
Hna Maria Luisa Casiraghi, mc




