Un amor filial, tierno y profundo por la Consolata fue el sello distintivo de San José Allamano, fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Durante sus cuarenta y seis años como rector del Santuario de Turín, aprendió a amar a Nuestra Señora Consolata como a una verdadera madre, a quien confió no solo su vida, sino también todos sus proyectos y deseos de bien. Era natural que le encomendara la fundación de los dos institutos misioneros que él mismo bautizó como Consolata. Así, la beata Leonella Sgorbati, hija devota de Allamano, no pudo sino sentir un amor igualmente grande y auténtico por la Consolata.
La Consolata era para ella, ante todo, una madre a quien confiaba su más profundo anhelo de pertenecer enteramente al Señor; encontrando en ella el modelo para alcanzar la plena entrega a su esposo en la llegada del Reino.
La Consolata era también la madre del consuelo, una presencia concreta en la que toda persona, especialmente las más necesitadas, podía encontrar a alguien que la escuchara y alivio en su sufrimiento.
Recordaba a sus hermanas que, al contemplar el icono de la Consolata, el Fundador les había encomendado a sus hijas tres tareas importantes: «ser el rostro y el corazón de la madre» y la «misión» de llevar el consuelo, a Jesús, el Amor del Padre, a quienes nunca lo habían conocido.
Para la hermana Leonella, Consolata es la madre más tierna, a quien dirige su oración confiada:
“Madre tiernísima, enséñame esa hermosa danza que es dártelo todo y dejarme guiar por los brazos de tu Hijo en los pasos que Él me muestra” (Beata Leonella Sgorbati, diario II, 2006).
La Consolata es también la mediadora y la madre más humilde, a quien Leonella, en profunda contemplación, admiró al abrazar a su Hijo muerto. Y volviéndose hacia ella, dijo:
«Madre mía, tu abrazo sostiene la Redención del mundo mismo contra tu pecho. Madre, su cuerpo lacerado se une al tuyo en una unión de amor ardiente, de dolor, de entrega total. Madre mía, tus labios reposan sobre esa frente purísima… Todos los sufrimientos del pecado humano, de la angustia, de la soledad te oprimen… unión con el Hijo» (Beata Leonella Sgorbati, diario I, 1995).
En su camino con María Consolata, la hermana Leonella aprendió que la fidelidad a Dios es la entrega total de sí misma, un don incondicional, porque lo que se da se convierte en propiedad de quien lo recibe.
En esta afirmación, la hermana Leonella encontró la confirmación de que el ejercicio de la pertenencia era una entrega incondicional en el «sí» de María. Al meditar en el «sí» de la Anunciación y en el «sí» de la entrega al pie de la Cruz, halló el significado más profundo de su propia entrega.
Finalmente, Consolata es el modelo de vida de la hermana Leonella. Contemplando los momentos más bellos de la vida de Consolata, nuestra beata, como hija atenta a las enseñanzas de su madre, aprendió a moldear su vida de tal manera que alcanzara la unión perfecta con el Señor y, al mismo tiempo, la participación en su Pasión.
Aun sabiendo que esta participación la habría llevado a sufrir y a dar su vida por amor a Jesús, no se echó atrás, consciente de que esta unión con Cristo generaba amor, salvación y redención.
Por Hna Gloria Elena Lopez, mc


