Se dice que la pincelada final de un artista le otorga a su pintura una luz y una belleza especiales, sin las cuales la obra no sería lo que es. Lo mismo ocurre con el famoso glaseado que completa la decoración del pastel. Es ese detalle, ese toque final, lo que lo hace todo más especial.
Sucede igual con los pasteles, y sucede igual en la vida.
Pero hay toques y toques. Algunos parecen muy valiosos, pero en realidad no lo son. ¿Quién no recuerda al famoso rey Midas y su toque que convertía todo en oro? ¡Qué hermoso!, dirán. ¡Ojalá yo también tuviera eso! Y olvidamos que el rey corría el riesgo de morir de hambre y sed porque incluso la comida y la bebida se convertían en oro al tocarlas. Así que tuvo que rogarle a Dioniso que le quitara ese don.
Luego están los toques más humildes, ocultos y cotidianos. Hay personas cuyo toque es delicado, tierno, atento. Un toque que infunde valor, que dice: “Estoy aquí, te veo, te siento”. Pero también puede haber toques duros que inmediatamente crean división, confusión, conflicto y miedo, comenzando a arruinar la obra de arte.
Hay toques que promueven la libertad del otro y lo hacen brillar en su belleza, y toques que pueden asfixiarlo todo. Hay pinceladas en nuestro camino que recordaremos toda la vida, llenándonos de alegría y gratitud, y otras que requieren un camino de perdón y reconciliación.
Si ni siquiera el toque del rey Midas es suficiente, ¿qué clase de toque deberíamos tener?
Debemos aprender de ti, Señor, y de la Consolata.
Debemos aprender del toque del Alfarero que nunca se cansa de moldear la vasija según su amoroso plan para nosotros; debemos fijarnos en ese toque que lavó y secó los pies de sus discípulos; en el toque que sana, eleva, libera y perdona. Todos necesitamos ese toque. Ese toque que nos hace sentir amados, profundamente comprendidos y escuchados.
Necesitamos el toque del Espíritu que humedece lo seco, sana lo que sangra, doblega lo rígido, calienta lo frío y endereza lo extraviado. Un toque que es descanso en medio del trabajo, «un apoyo en el que el corazón puede resguardarse».
Todos anhelamos ese toque, y al mismo tiempo, estamos llamados a ser ese toque para los demás. Necesitamos el valor para tocar al leproso y la prudencia para distinguir los diferentes toques. Se necesita un corazón que ame la belleza y persevere en elegir siempre el amor.
Se necesita la gracia, la sensibilidad y la creatividad de un pintor que sabe colocar la pincelada en el lugar y el momento precisos, y todo se transforma. No se necesitan muchas palabras, sino toques sinceros y profundos, humildes y llenos de amor.
Hna Francesca Allasia, mc


