Santidad y la Consolata, la madre más tierna
La consolación es un don del Espíritu, el Consolador, presente continuamente en el corazón de María, el verdadero lugar de morada de Dios. La Consolata, que conoce a Dios y conoce los caminos de Dios, es nuestra guía segura en el camino que conduce a Él. San José Allamano dijo: “¿No es la Santísima Virgen bajo el hermoso título de Consolata nuestra Madre y nosotros sus hijos? … Somos hijos de la Consolata, hijos predilectos, pero en práctica ¿nos mostramos siempre como tales, invocándola a menudo, honrándola de todas las maneras posibles y recurriendo a ella con la confianza de los hijos más tiernos? Tratemos también de escuchar sus deseos, que son el de hacernos buenos y santos.” (Conf. MC, Vol 1, p. 11)
María, la mujer del SÍ a Dios, con fidelidad y confianza inquebrantables, renueva su Fiat, siempre, en cualquier circunstancia, en momentos felices y tristes. Nos invita a abrir nuestro corazón a Dios, a convertirnos en tierra fértil donde Él nos haga capaces de dar frutos abundantes de vida. Mujeres y hombres que viven un proceso de transformación para convertirse en testigos transparentes del amor de Dios por la humanidad.
Invocaciones
María, la Madre, estaba en medio de la comunidad, reunida en oración y en espera del Espíritu
- Ella que conoce bien Su fuerza y su acción desde cuando, en la Anunciación, Él la cubrió con su sombra y la convirtió en Madre.
María nos invita a abrir nuestro corazón a Dios, a convertirnos en tierra fértil donde Él nos haga capaces de dar abundantes frutos de vida.
- Entonces también nosotros seremos sensibles y atentos a reconocer y cumplir la voluntad de Dios para nosotros y en nuestras vidas.
¿Cuántas veces San José Allamano dirigió la mirada hacia la Consolata y cuántas veces se permitió que Ella le mirara?
- También nosotros queremos contemplar su rostro y dejar que nos mire, en eso está nuestra fortaleza.
Oremos:
Dios Padre,
que quieres reunir a toda la humanidad en una sola familia.
Que quieres que cada hijo e hija vivan seguros en tu hogar,
y por eso vienes a nuestro encuentro donde estamos,
en la situación en la que vivimos,
para que conozcamos tu corazón y tu amor infinito.
Que tu toque suave y tierno llegue a la humanidad
herida por guerras y violencia
y podamos convertirnos a la paz
y la aceptación mutua.
Oh María Consolata,
vigila sobre nosotros con tu mirada tierna y fuerte
y sostiene también hoy nuestra respuesta a tu Cristo.
Amén




