Cuando una relación interpersonal de especial intensidad comienza a configurarse, el primer encuentro se convierte en un ámbito fundamental de presencia y escucha. No se trata únicamente del intercambio inicial de sensaciones y pensamientos, sino, sobre todo, de un espacio en el que se reconoce, de manera compartida, el ámbito interior desde el cual puede iniciarse el proceso de conocimiento recíproco, de forma progresiva, sustentado en la confianza, el respeto y la espera.
El impacto del primer encuentro
Todos hemos experimentado la fuerza de un primer encuentro que se convierte en un escenario en el que se ponen en juego la vida y el futuro, transformándose en un punto de inflexión decisivo, una experiencia de tal intensidad que llega a constituirse como un acontecimiento fundante de la existencia.
Desde esta perspectiva, podemos dirigir la mirada a Mercede Stefani (quien más tarde recibiría el nombre de sor Irene), que conservó en la memoria y en el corazón la huella indeleble de su primer encuentro con san José Allamano. Era el período en el que él, hacía poco tiempo, había dado origen al Instituto de las Hermanas Misioneras de la Consolata, fundado el 29 de enero de 1910, menos de dos años antes.
El 19 de junio de 1911, “Mercedes se despidió para siempre de su hermoso lago, de sus montañas, de la casa cómoda y grande donde había sido tan feliz, de la iglesia parroquial, ante cuyo sagrario había pasado horas tan deliciosas” , y acompañada por su padre Juan y por el párroco don Francisco Capitanio, se encaminó hacia Turín, dispuesta a emprender el camino que la llevaría a convertirse en Misionera de la Consolata.
En Turín fueron recibidos por José Allamano, de reconocida santidad y de exquisitas cualidades humanas y espirituales, cultivadas y maduradas a lo largo de los años. Él los acogió con calidez, apertura y autoridad, consciente de que aquella joven, que había dejado todo para seguir a Jesús, era un don nuevo y precioso que el Señor ofrecía al Instituto, y él sería el primero en custodiarlo.
Aquel encuentro no se limitó a ese momento. El querido padre, con un gesto humilde y lleno de sencillez, fue el primero en arrodillarse ante el canónigo José Allamano, entregándole a su hija muy querida y poniéndola en sus manos para que la presentara a Dios; era un gesto de ofrenda sublime, como quien entrega su tesoro más valioso. También la hija, llena de temor y de esperanza, se arrodilló junto a su padre, mientras Allamano, profundamente conmovido por la naturalidad de aquel acto, impartía su bendición a ambos.

Quién sabe qué sentimientos inundaron el corazón de la joven Mercedes en aquel día y qué conservó, a lo largo de toda su vida, de aquel primer encuentro en el que su padre la confió a un hombre de Dios que, desde entonces, se convertía también para ella en padre; aquel a quien Dios le confiaba la misión de formarla como auténtica Misionera de la Consolata, misionera consagrada de primera calidad, extraordinaria en las pequeñas cosas cotidianas, misionera a tiempo pleno y enteramente entregada al Señor, para siempre.
Este primer encuentro está cargado de un profundo significado espiritual y humano: el padre, con confianza y abandono a la Providenci divina, dona su hija a Dios; José Allamano, a su vez, acoge una nueva joven en el Instituto y para la misión, asumiendo sobre sí el papel de padre y guía. Juan, por su parte, no regresa a casa con las manos vacías: lleva consigo la Consolata, un cuadro que le obsequió Allamano, símbolo tangible de la bendición recibida en aquella ocasión.
En el reverso del cuadro permanece la huella de aquel momento tan importante, con la anotación escrita por el propio Juan Stefani:
“Recuerdo que me fue entregado por el Canónigo Rector de la Consolata en Turín el día 21 de junio de 1911, al entregar a mi hija Mercedes al Instituto Misionero de la Consolata, para la vida religiosa” .
Tras aquel encuentro decisivo, la joven Mercedes inició su camino de formación, un período valioso en el que su ser fue moldeado por el espíritu que anima a la nueva familia que había elegido abrazar con pleno amor. En cada paso, en cada vivencia y en cada encuentro con el Fundador José Allamano, se percibía la guía de Dios que la conducía hacia la realización de un anhelo profundo: consagrarse plenamente a Dios y convertirse en testigo de su palabra como misionera.
El fruto de esta experiencia inicial se manifestó de manera evidente en la vida de la Hna. Irene Stefani, durante sus años de formación en Italia y sobre todo, en su misión en Kenia. Allí se reveló como una verdadera y fiel hija de Allamano, capaz de encarnar su espíritu en la cotidianidad de la vida religiosa y en su labor misionera.
Como hija afectuosa, lo llamaba “Amadísimo Padre”, porque él le indicaba el camino hacia la santidad auténtica, fundada en el amor radical y total a Dios y a la humanidad. Su vida puede resumirse, de hecho, como un constante esfuerzo por vivir según su programa fundamental: “Amaré la caridad más que a mí misma”.
Por la Postulación general
Para mayores informaciones, visita la página de la BEATA IRENE STEFANI




