Para la beata Irene Stefani, incluso el descanso se convertía en un tiempo de servicio y amor. Cuando las labores diarias parecían haber terminado, su misión continuaba; las horas de la tarde se convertían en un preciado momento para la correspondencia. Escribía cartas para animar a los desanimados, para aconsejar con dulzura a quienes necesitaban reencontrar su camino. La lista de cartas que debía escribir siempre era larga. Mucha gente acudía a ella para que les enviara noticias a familiares lejanos, e Irene, con paciencia y consideración, transformaba cada carta en un gesto de cercanía y consuelo.
Lo que importa es la calidad del tiempo vivido
“Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo:
Tiempo para nacer, y tiempo para morir;
Tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
Tiempo para rasgar y tiempo para coser;
Tiempo para callar y tiempo para hablar;
hay un tiempo para toda obra y un lugar para toda acción”. (Cf. Ec 3, 1-17)
El libro del Eclesiastés nos recuerda que la vida del hombre y de la mujer no es una mera sucesión de días y acontecimientos fortuitos, sino un camino que se desarrolla en un tiempo donde cada acontecimiento posee un sentido y una razón de ser. Esta perspectiva nos invita a reconocer que el tiempo no es una realidad que podamos poseer ni dominar; es el tiempo de Dios, un don que Él pone en nuestras manos.
Precisamente porque el tiempo es un don, estamos llamados a vivirlo con responsabilidad. Dios nos confía cada instante para que podamos decidir cómo vivirlo y al servicio de quién emplearlo. El valor del tiempo, de hecho, no depende de su duración o de la eficiencia con la que lo llenamos, sino del amor que sembramos en él. Cuando el tiempo se dona a Dios y se pone al servicio de los hermanos, se convierte en un lugar de crecimiento, de comunión y de salvación.
El tiempo como don y oferta para…
Al recorrer la historia de la Beata Irene Stefani, descubrimos a una mujer que supo hacer del tiempo un don totalmente ofrecido a Dios y a los hermanos. Como misionera incansable, dedicaba cada jornada al servicio de los enfermos, de los pobres y de cuantos encontraba en su camino y cuando las fatigas de cada día parecían concluidas, no terminaba su misión: las horas de la noche se convertían en un tiempo precioso para dedicarlo a la correspondencia.
Escribía cartas para animar a quienes estaban desalentados, corregir con delicadeza a quienes necesitaban reencontrar el camino correcto, consolar a quienes sufrían y aconsejar a cuantos se encomendaban a su sabiduría espiritual. Incluso el tiempo de descanso se convertía así en un tiempo de caridad, transformado en una presencia discreta, pero concreta, en la vida de los demás.
La lista de cartas por escribir siempre era larga. Muchas personas acudían a ella para enviar noticias a sus familiares lejanos e Irene, con paciencia y esmero, transformaba cada carta en un gesto de cercanía y de consolación.
Sin embargo, este acto de dedicación le requería mucho tiempo. Cada carta, recibida o enviada, era el fruto de una escucha paciente y de largos diálogos, necesarios para comprender a fondo las situaciones, recoger lo que era verdaderamente importante y transformarlo en palabras capaces de sostener e iluminar. Ayudar a aquellas personas sencillas a superar una dificultad representaba una forma concreta de caridad.
La correspondencia se convertía en un medio para hacer el bien, ya que la hermana Irene, además de transcribir fielmente el mensaje solicitado, siempre añadía unas palabras de aliento o un buen consejo.
A modo de ejemplo, presentamos la carta que, en mayo de 1929, una mujer llamada Lucy le pidió a Irene que escribiera para su hijo que se encontraba lejos:
“Andrés, hijo mío amadísimo,
¡Alabado sea Jesucristo!
He recibido tu carta: no he encontrado tiempo para responderte antes, pero lamentablemente sigo con las tribulaciones de siempre. Ahora estoy enferma y deseo que ruegues a Dios por mí todo lo que puedas. Si pudieras mandarme lo que me dijiste, realmente lo necesito.
Hijo mío querido, persevera en nuestra santa religión; difúndela tanto con tu buena conducta como con tus palabras.
Me dijeron que trabajas como cantero y me alegro por ello. Ofrece a Dios con fervor cada día tu fatiga, para que no te conviertas solo en un buscador de dinero.
En este mes de mayo reza con frecuencia el Rosario y esfuérzate por no cometer ni el más mínimo pecado. Que permanezcas siempre en el Corazón de Jesús, en quien te dejo.
Yo, Lucy Wamboi, tu madre en el Señor”.
Al leer aquella carta, Andrés seguramente habría tenido la impresión de escuchar la voz de su madre, unida a la de aquella otra mujer que, en el Señor, había llegado a ser para él una verdadera madre: la hermana Irene. Habría reconocido su escritura, sino también ese estilo inconfundible capaz de comunicar cariño, consuelo y esperanza.
Los momentos de descanso no se pierden…
Irene había comprendido que no importa cuánto logre realizar una persona en un solo día o a lo largo de toda una vida. Lo que cuenta es la calidad del tiempo vivido, cuando cada acción, incluso la más humilde y oculta, está animada por el amor. Por eso, no permite que ni siquiera los momentos de descanso se pierdan, sino que los ofrece a Dios continuando el servicio a los hermanos a través de la cercanía, la oración y la palabra escrita.
La santidad de la Beata Irene Stefani nació precisamente de esta fidelidad vivida día tras día: ella supo colmar con amor el tiempo que Dios le había confiado, transformando cada instante en una ocasión de comunión con Él y de servicio a los hermanos.
En conclusión, podemos decir que nuestra vida, aunque breve e intensa, nos ofrece el tiempo necesario para realizar lo que Dios nos confía. El verdadero desafío no consiste en hacerlo todo, sino en vivir cada instante como un tiempo de Dios, transformándolo en un don para los demás y llenándolo del amor que es lo único que hace fecunda la existencia.
Así, el tiempo, de ser una simple sucesión de horas y de días, se convierte en un lugar de comunión con Dios y de servicio a los hermanos, preparando ya en la tierra lo que está destinado a perdurar para siempre.
A cargo de la Postulación
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