Donar el propio tiempo a los demás significa dejar en segundo plano parte de los propios proyectos para ponerse al servicio del prójimo. La beata Leonella Sgorbati hizo de este estilo de vida una opción desde su juventud. Ya desde niña se distinguía por su disponibilidad para ayudar a quien lo necesitara, manifestando una sensibilidad que la acompañaría durante toda su existencia.
La hermana Leonella hacía fructificar cada pequeño instante de tiempo.
“Sería hermoso encontrar tiempo para alguien. El tiempo es la riqueza que todos tenemos, pero de la que somos celosos, porque queremos usarla solo para nosotros. Hay que pedir la gracia de encontrar tiempo: tiempo para Dios y para el prójimo; para quien está solo, para quien sufre, para quien necesita ser escuchado y cuidado. Si encontraremos tiempo para regalar, nos sorprenderemos y seremos felices, como los pastores que encontraron a María, José y el Niño. Que la Virgen María, que introdujo a Dios en el tiempo de la humanidad, nos ayude a hacer de nuestro tiempo un don para los demás” (Papa Francisco 2021).
Sus familiares la recuerdan como una persona alegre y afable, dinámica y llena de vitalidad, cuya energía contagiosa se hacía presente en cada uno de sus gestos. Durante su juventud se entregó con entusiasmo al trabajo, al apostolado y a las actividades recreativas; sin embargo, por encima de todo, lo que consideraba un valor irrenunciable era el tiempo que dedicaba a las personas más vulnerables y necesitadas.
«Desde joven estaba comprometida con los demás. Recuerdo que, antes de ir los miércoles por la tarde a la Acción Católica, íbamos a visitar a los pobres. Estaba dispuesta a sacrificarse por los demás, incluso en las pequeñas cosas».
Este testimonio, de una pariente, revela que, para la hermana Leonella, el don del tiempo no era un gesto extraordinario u ocasional, sino un estilo de vida cotidiano, vivido con sencillez y generosidad.
Como Misionera de la Consolata, continuó viviendo con coherencia el valor de la caridad, dedicando su tiempo a las hermanas de la comunidad, a los pobres, a los estudiantes y a todos aquellos que percibía en una situación de necesidad. Entre los testimonios recopilados, algunos ponen de relieve que, para la beata Leonella Sgorbati, el tiempo no era algo que hubiera que repartir entre ella y los demás, sino un don que debía ofrecerse con total gratuidad y sin reservas.
“Mujer de gran caridad, capaz de entregarse a sí misma por el bien de los demás. Para ella ningún esfuerzo ni sacrificio representaban un obstáculo cuando se trataba de ayudar; todo lo vivía con alegría y sin escatimar nada cuando percibía una necesidad o una situación de emergencia. Siempre solícita, siempre inclinada hacia cada persona para amarla hasta el final” (De los testimonios recogidos para la causa de beatificación).
Para la beata Leonella, el tiempo era vida; era un don que nunca consideró una posesión personal. Su constante «sí» a Dios se traducía en una disponibilidad incondicional hacia las hermanas de la comunidad y hacia todas las personas que encontraba en su camino.
Por eso, el tiempo no era algo que administrar en función de sí misma. Incluso el descanso se convertía con frecuencia en una oportunidad para cuidar de quienes más lo necesitaban.
“No descansaba; era un ejemplo para los pacientes. Su tiempo estaba dedicado a las clases… Corregía los trabajos con gran atención, por lo que empleaba mucho tiempo en ello, prolongando la jornada hasta altas horas de la noche y regresando tarde del hospital o de la escuela. Rezaba y participaba en las actividades comunitarias, pero durante la noche dedicaba su tiempo a la oración y al trabajo” (De los testimonios recogidos para la causa de beatificación).
Una hermana que compartió con ella la vida comunitaria testimonia que la beata Leonella:
“tenía un horario muy intenso porque enseñaba por la mañana y por la tarde, unas ocho horas al día. Aunque tenía una salud muy frágil y se sostenía con medicamentos para poder mantenerse en pie, nunca dejó de dar una clase. Muchas veces el dolor en los pies era muy fuerte y, con esfuerzo, recorría la subida que llevaba desde la casa hasta la escuela; nosotras procurábamos caminar a su ritmo y, por ello, ella nos estaba muy agradecida y siempre tenía alguna ocurrencia humorística. Sabía organizarse y aprovechaba cada pequeño espacio de tiempo” (Testimonio de la hermana Marzia Feurra).
A la luz de este estilo de vida, el martirio no aparece como un gesto aislado o repentino, sino como la culminación de una entrega madurada a lo largo del tiempo. El don total de sí misma fue preparado por una existencia vivida en la adhesión a Cristo y en un amor concreto y activo hacia el prójimo.
Día tras día, Leonella había aprendido a entregar su propio tiempo sin reservar nada para sí; por eso, cuando llegó la hora suprema, entregó también su propia vida. El martirio representó la síntesis y el sello de una existencia vivida enteramente como don: después de haber ofrecido cada día su tiempo, ofreció aquello que aún le quedaba: su misma vida.
Para concluir escuchemos las palabras que pronunció el Papa León en la audiencia general del 30 de julio de 2025:
“El tiempo, para el cristiano, no es algo que debe ser “rellenado” frenéticamente, sino algo que debe ser habitado con sentido. El Evangelio nos habla del “kairós”, el tiempo oportuno, el momento en el que Dios pasa. No podemos controlar ese paso, pero podemos estar atentos, vigilantes, como las vírgenes prudentes de la parábola (cf. Mt 25)… Que la Virgen María, mujer del tiempo de Dios, nos enseñe a vivir cada día como un don, y a no tener miedo del paso del tiempo, porque en él, Dios nos prepara para la eternidad” (Papa León XIV, 2025).
A cargo de la Postulación
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